Afuera llovía con esa lluvia fina que golpea suave los vidrios de la cocina. Dentro de la casa solo se oía el goteo del grifo y el sonido de la olla calentándose sobre la estufa.
Él abrió la nevera, sacó unas verduras, un trozo de pollo y empezó a cortar lentamente sobre la tabla.
Tac… tac… tac…
El cuchillo marcaba el ritmo de la noche.
Ella estaba en la sala, todavía con el abrigo puesto. Habían tenido un día difícil y ninguno sabía muy bien por dónde empezar a hablar.
Cuando el caldo empezó a hervir, él abrió un empaque de Adobo y agregó un poco a la olla. El vapor subió con un aroma cálido que llenó la cocina.
Ella apareció en la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
Él probó la sopa con la cuchara de madera, sopló un poco y sonrió.
—Intentando arreglar el día.
La lluvia siguió cayendo afuera.
La cocina empezó a oler a hogar.


