La cocina tenía música suave de fondo. Un viejo bolero salía del pequeño parlante que estaba junto a la ventana abierta.
Era domingo al mediodía y el sol entraba en diagonal iluminando la encimera.
Ella dejó una bolsa del mercado sobre la mesa.
—Hace años no cocinamos juntos —dijo.
Él puso una sartén al fuego. El aceite empezó a chispear cuando agregó las verduras picadas. El sonido llenó la cocina con ese shhhhhh familiar de las cocinas vivas.
—A ver si todavía me sale —respondió él.
Cuando el arroz empezó a dorarse, abrió un empaque de Pasta de Cebolla y agregó una cucharada.
El aroma subió de inmediato, profundo y sabroso.
Ella cerró los ojos un segundo.
—Ese olor… —dijo riéndose—
Eso es hacer trampa.
Él se encogió de hombros.
—O saber cocinar.
El bolero siguió sonando.
Y el arroz quedó perfecto.


